Reencuentro lluvioso en la carpa del hospital

5 min de lectura

En el momento en que cerré la cremallera de la tienda contra la lluvia torrencial, mi pulso martilleaba. Sarah estaba allí empapada, su camiseta de tirantes mojada pegándose a esas tetas llenas en las que solía hundir mi cara, sus ojos clavados en los míos con la misma chispa hambrienta de hace cinco años. Habíamos sido amantes en la universidad: noches salvajes y sucias que terminaron mal cuando acepté esa residencia al otro lado del país. Ahora estábamos aquí, ambos médicos en la misma excursión de medicina de montaña, obligados a compartir esta diminuta tienda para dos personas mientras la tormenta nos atrapaba.

—Jake… esto es una estupidez —susurró, pero su voz se quebró de deseo. El agua le resbalaba por el cuello hasta el valle entre sus pechos. —Dijimos que no lo haríamos.

Me acerqué, oliendo su piel familiar mezclada con la lluvia. —Dime que pare y lo haré, Sarah. Pero tus pezones están durísimos ahora mismo.

Ella se mordió el labio, con la respiración acelerándose. —Maldito seas. —Entonces sus manos se posaron en mi camisa mojada, tirando de mí hacia abajo. Nuestras bocas chocaron, las lenguas deslizándose calientes y urgentes como si no hubiera pasado el tiempo. Le agarré el culo, apretándola contra mí para que sintiera mi polla ya tensa contra mis pantalones cortos de senderismo.

Caímos de rodillas sobre los sacos de dormir. Le quité la camiseta de tirantes, sus pesadas tetas liberándose, los pezones oscuros y suplicantes. —Sigues siendo jodidamente perfecta —gruñí, chupándole uno con fuerza en la boca. Ella gimió fuerte, con los dedos enredándose en mi pelo.

—Jake… chupa más fuerte. Joder, extrañé tu boca. —Su mano bajó, apretando mi bulto—. Quítate esos pantalones cortos. Necesito esa gran polla dentro de mí ahora.

Me bajé los pantalones cortos de un empujón, mi gruesa polla saltando hacia arriba, con las venas palpitando. Ella la rodeó con los dedos, masturbándola con brusquedad. —Sigue siendo enorme. Sigue siendo mía esta noche. —Le quité los pantalones cortos y las bragas de un tirón, dejando al descubierto su coño afeitado ya brillante. El olor de su excitación llenó la pequeña tienda.

La empujé sobre su espalda, abriéndole los muslos de par en par. Mis dedos encontraron sus pliegues resbaladizos, frotando su clítoris hinchado en círculos cerrados. —Ya estás tan mojada, chica sucia. Este coño me recuerda.

—Sí… joder, justo ahí —jadeó, con las caderas empujando. Deslicé dos dedos profundamente en su calor apretado, curvándolos contra ese punto que siempre la hacía temblar. Ella gritó, agarrando el saco de dormir. La lluvia golpeaba la tienda como si intentara ahogarnos, pero todo lo que oía era su respiración entrecortada.

No podía esperar. Alineé mi polla y la embestí con fuerza, enterrando cada centímetro de una sola estocada. Sus paredes se apretaron a mi alrededor, calientes y empapadas. —Oh, mierda… ¡Jake! Me estás estirando tan bien.

Empecé a follarla con fuerza, el sonido húmedo de la piel chocando resonando en el espacio reducido. Sus tetas rebotaban con cada embestida. Agarré una, pellizcándole el pezón mientras me la follaba profundo. —Tómalo, Sarah. Este coño es mío otra vez.

—Más fuerte… fóllame más fuerte, cabrón —suplicó, con las piernas envolviendo mi cintura. Se lo di, embistiendo rápido, mis huevos golpeando su culo. El sudor se mezclaba con la lluvia en nuestra piel. La tienda olía a sexo y tierra húmeda.

Me retiré de repente, poniéndola a cuatro patas. Su culo jugoso se levantó, el coño goteando por sus muslos. Le di una nalgada, fuerte y sonora. Ella chilló, luego empujó hacia atrás. —Otra vez. Hazlo mientras me follas.

La penetré de nuevo por detrás, agarrándole las caderas. Mi mano chasqueó contra su culo una y otra vez, dejando marcas rojas. Ella gimió como un animal, empujando hacia atrás para recibir cada embestida. —Voy a correrme… no pares, Jake. Lléname.

Su coño se contrajo con fuerza alrededor de mi polla, ordeñándome mientras se corría con un largo gemido entrecortado. Seguí embistiendo a través de ello, persiguiendo mi propio orgasmo. La presión aumentó rápido. —Voy a correrme en este coño apretado… toma cada gota.

Me enterré hasta el fondo y exploté, gruesos chorros de semen inundándola. Ella se estremeció con otro orgasmo más pequeño, susurrando mi nombre una y otra vez.

Nos desplomamos juntos, respirando con dificultad, los cuerpos pegajosos y agotados. La lluvia seguía tamborileando sobre el nailon encima de nosotros. Después de un minuto, ella se giró, trazando un dedo por mi pecho con una sonrisa pícara.

—Sigue siendo la mejor mala decisión que he tomado —dijo suavemente.

Le besé la frente, mi mano deslizándose posesivamente sobre su cadera. —Esta excursión se acaba de volver mucho más interesante. ¿Crees que podemos mantener esta tienda entre nosotros… o nos colamos en la tienda de suministros después?

Ella rió en voz baja, apretando su cuerpo desnudo más cerca. —La tienda de suministros tiene mejor iluminación. Puede que necesitemos revisarnos mutuamente en busca de… lesiones. Órdenes del médico.

Fuera, retumbó un trueno. Dentro, sus dedos ya estaban provocando que mi polla volviera a la vida, y supe que esta tormenta estaba lejos de terminar.

¿Qué pasó después?Inicia sesión y la IA continuará este relato especialmente para ti. Gratis.
Descubre qué pasó después
Categorías: