El antojo de montaña del vecino
La primera vez que la vi inclinada sobre la pila de leña afuera del chalet, con ese culo grueso tensándose contra esos leggings ajustados, mi polla se sacudió tan fuerte que casi se me cae el hacha. Lisa era mi vecina casada de la ciudad, aquí arriba para un fin de semana sola mientras su marido se quedaba trabajando. La nieve cubría los pinos a nuestro alrededor, el aire era cortante y frío, pero el calor que latía entre mis piernas no tenía nada que ver con la chimenea crepitando adentro. Ella se enderezó, las mejillas sonrojadas por el frío, y me pilló mirando. Esa sonrisita cómplice que me lanzó hizo que mi polla palpitara contra mis vaqueros.
—Oye, Mike —me llamó, con la voz ronca por el aire de montaña—. ¿Vas a ayudarme a apilar esto o solo te quedarás ahí follándome con los ojos?
Crucé el patio nevado en tres zancadas, con el pulso martilleando. —He estado pensando en follarte desde que te mudaste al lado, Lisa. ¿Tu marido sabe cómo miras a otros hombres?
Ella soltó una risa baja, acercándose hasta que sus tetas rozaron mi pecho. —Sabe que me mojo por una polla de verdad. La suya es... aceptable. Pero he visto el bulto en tus pantalones cuando cortas el césped. Lo quiero. Ahora mismo.
Mis manos estaban sobre ella antes de que terminara de hablar, arrastrándola dentro del cálido chalet. La puerta se cerró de golpe. No pasamos de la alfombra frente al hogar de piedra. Le bajé los leggings junto con las bragas, dejando al descubierto ese coño casado y suave que ya brillaba. Ella los apartó de una patada, abriendo las piernas sobre la lana gruesa.
—Joder, estás empapada —gruñí, dejándome caer de rodillas y enterrando la cara entre sus muslos. Mi lengua recorrió su raja, rodeando su clítoris hinchado mientras ella gemía y me agarraba del pelo.
—Oh, mierda, Mike... sí, lámeme el coño así. Mi marido nunca me come tan bien. —Sus caderas se movían contra mi boca, los jugos me cubrían la barbilla. Le chupé el clítoris con fuerza, metiendo dos dedos en su agujero apretado, curvándolos para tocar ese punto que hacía temblar sus muslos.
Se corrió rápido, gritando: —¡Me corro en tu lengua, joder! —Su coño se apretó alrededor de mis dedos, inundándome la boca con un néctar dulce y caliente.
Me levanté, bajándome la cremallera rápido. Mi polla gruesa saltó, pesada y venosa, con el glande gordo ya goteando presemen. Los ojos de Lisa se abrieron, hambrientos.
—Hostia, eso sí es una polla —susurró, rodeando el tronco con ambas manos—. Mucho más grande que la suya. Necesito que me estire.
Se puso a cuatro patas sobre la alfombra, el culo jugoso en alto, la espalda arqueada. —Métemela. Fóllame a pelo.
Le agarré las caderas, frotando mi glande arriba y abajo por su raja chorreante antes de embestir hasta el fondo. Sus paredes me apretaron como un tornillo, calientes y sedosas.
—Jooooder —gritó, empujando hacia atrás—. Me estás partiendo el coño. Más fuerte, Mike. Arrúiname para él.
La embestí a cuatro patas, el golpe húmedo de mis huevos pesados contra su clítoris llenando el chalet. Cada embestida hacía que sus tetas grandes se balancearan, los pezones duros como piedras. Estiré la mano y le pellizqué uno, haciéndola chillar y apretarse más alrededor de mi polla.
—Dios, tu polla se siente tan jodidamente profunda —jadeó entre gemidos—. Ya voy a correrme otra vez. ¡No pares!
Le azoté el culo con fuerza, viendo cómo la carne se enrojecía. Se corrió duro la segunda vez, el coño chorreando alrededor de mi tronco, empapándome los muslos y la alfombra. Saqué la polla, brillante con su crema, y le di la vuelta sobre la espalda.
—Abre bien esas piernas. Quiero ver tu cara mientras preño este coño casado.
Lisa obedeció al instante, llevándose las rodillas atrás. Entré de nuevo, ahora de misionero, moliendo profundo para que mi hueso púbico aplastara su clítoris. Nuestras bocas chocaron, las lenguas torpes y desesperadas. Sabía a vino y lujuria.
—Lléname —suplicó contra mis labios—. Quiero tu corrida goteando de mí todo el fin de semana. Bombéala dentro.
La follé más rápido, el chapoteo húmedo obsceno. El sudor cubría nuestra piel, el fuego calentaba nuestros cuerpos desnudos. Sus uñas arañaron mi espalda cuando alcanzó un tercer orgasmo, las paredes revoloteando salvajemente alrededor de mi polla palpitante.
La presión creció en mis huevos. —Voy a correrme, Lisa. Tómalo todo.
—¡Sí! ¡Córrete dentro de mí!
Me enterré hasta el fondo y exploté, gruesas cuerdas de semen caliente inundando su coño. Ella me ordeñó con sus espasmos, drenando cada chorro hasta que se desbordó, goteando por su raja del culo hasta la alfombra.
Nos desplomamos, respirando fuerte, mi polla aún temblando dentro de ella. Después de un minuto, ella rió suave, besándome la mandíbula.
—¿Segunda ronda en el jacuzzi afuera? Quiero montar esa polla monstruosa mientras nos cae la nieve encima.
Sonreí, ya sintiéndome endurecer de nuevo dentro de su agujero cremoso. —Hecho. Tu marido nunca recuperará este coño igual.
Ella me apretó con sus músculos internos. —Bien. Esta polla lo posee ahora.
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