Whisky y viejas llamas
En el instante en que vi a Rachel recargada contra la mesa de conferencias en la oficina en penumbra después del horario laboral, el calor me golpeó como un tren de carga. Su blusa estaba a medio abotonar, las mejillas sonrojadas por la botella de whisky abierta entre nosotros, y esos familiares ojos verdes se clavaron en los míos con el mismo desafío hambriento que tenía en el último año de preparatoria. Éramos los últimos que quedaban después de que la reunión de exalumnos se vaciara; el resto del edificio estaba en silencio absoluto, salvo por el zumbido bajo del aire acondicionado y el tintineo de nuestros vasos.
—Joder, Jake, todavía pareces capaz de levantar un camión en press de banca —dijo, con la voz baja y provocadora mientras servía otro trago—. ¿Recuerdas cómo solíamos colarnos a beber detrás de las gradas? Siempre me pregunté qué se sentiría si de verdad termináramos lo que empezamos.
Me bebí el mío de un solo trago ardiente, el whisky extendiendo fuego por mi pecho. —Te refieres a la noche en que tenías la mano dentro de mis pantalones y luego te acobardaste, ¿no? Sí, me acuerdo. ¿Todavía te acobardas, Rach?
Ella se rio, ese sonido ronco que me fue directo a la polla. —Pruébame.
El calor explícito llegó rápido. Crucé la habitación en dos zancadas, la agarré por las caderas y la subí de culo a la mesa pulida. Nuestras bocas chocaron: lenguas afiladas por el whisky deslizándose, dientes mordisqueando. Sus manos se aferraron a mi camisa mientras gemía dentro del beso.
—Dios, sabes bien —jadeó cuando nos separamos para respirar—. He estado mojada desde que te vi entrar esta noche.
Le subí la falda por los muslos y mis dedos encontraron encaje empapado. —Jesús, tu coño ya está goteando. Aparté las bragas de un tirón y metí dos dedos gruesos dentro de su calor apretado. Ella se arqueó con un grito agudo, las paredes apretándose a mi alrededor.
—Joder, sí, así —jadeó Rachel, restregándose contra mi mano. El sonido húmedo y obsceno de su coño llenó la oficina vacía—. Más fuerte, Jake. Lo quiero duro esta noche.
Bombeé más rápido, el pulgar rodeando su clítoris hinchado mientras mi boca se prendía de su cuello, chupando con fuerza suficiente para dejar una marca. La botella de whisky se tambaleó a nuestro lado mientras sus caderas se sacudían. Se corrió con un gemido entrecortado, los jugos inundando mi palma, el cuerpo temblando tan fuerte que la mesa crujió.
Antes de que pudiera recuperar el aliento, saqué mi polla palpitante: gruesa, venosa, ya goteando. Los ojos de Rachel se abrieron con lujuria cruda. —Es más grande de lo que imaginaba. Dámela.
Se deslizó de la mesa, cayó de rodillas sobre la alfombra delgada y me tragó entero en un movimiento codicioso. El calor húmedo de su garganta envolvió mi verga; tuvo una arcada suave pero siguió, la saliva goteando por mis huevos. —Mmmph, fóllame la cara —murmuró alrededor de mi miembro, con los ojos llorosos mientras me miraba desde abajo.
Enredé los dedos en su pelo y embestí profundo, follándole la boca con embestidas cortas y sucias. Los sonidos obscenos —gluc, gluc— resonaron contra las paredes de cristal. Su lengua giraba bajo el glande cada vez que me retiraba, volviéndome loco.
—Basta —gruñí, levantándola de un tirón. La giré, la doblé sobre la mesa para que sus tetas se apretaran contra la madera fría. Le subí la falda y restregué mi polla por sus labios resbaladizos—. Dime que quieres esta polla, Rach.
—La quiero, fóllame, Jake. Lléname el coño —suplicó, empujando hacia atrás.
La embestí hasta el fondo de una sola vez. Su coño estaba hirviendo, sedoso, apretando cada centímetro. Ambos gemimos fuerte. Empecé a follarla duro, el sonido de piel contra piel resonando en la oficina silenciosa. Cada embestida hacía rebotar su culo; sus jugos corrían por mis huevos y sobre la mesa.
—Más fuerte, joder, ¡ahí mismo! —gritó, estirando la mano hacia atrás para abrirse más—. Tu polla se siente tan jodidamente bien estirándome.
Le agarré las caderas, embistiéndola profundo y rápido, el whisky haciendo todo más caliente, más sudoroso. La rodeé con el brazo y le froté el clítoris en círculos apretados. Se corrió otra vez, el coño con espasmos salvajes alrededor de mi polla, un chorro de humedad empapándonos a ambos.
Me salí, la volteé boca arriba sobre la mesa y me coloqué entre sus piernas abiertas. Su blusa ya estaba abierta, las tetas rebotando libres, los pezones duros como piedras. Me metí uno en la boca mientras volvía a deslizarme dentro de su agujero empapado.
—Córrete dentro de mí —susurró Rachel con voz caliente contra mi oído, las piernas enganchadas a mi cintura—. Quiero sentirte explotar en mi coño.
Eso fue todo. La follé con embestidas cortas y brutales, la mesa meciéndose debajo de nosotros. Mis huevos se apretaron y me enterré profundo, gimiendo mientras gruesos chorros de semen inundaban su coño palpitante. Ella ordeñó cada gota, temblando durante un tercer orgasmo, las uñas clavadas en mis hombros.
Nos quedamos enlazados, jadeando, el olor penetrante a sexo y whisky pesado en el aire. La besé lento y profundo, saboreando el ardor en su lengua.
—Maldita sea —murmuró con una sonrisa perezosa y satisfecha, los dedos trazando mi mandíbula—. Debimos hacer esto hace años. En la próxima reunión… trae más whisky.
Me reí entre dientes, todavía enterrado en su calor. —Trato. Pero esta vez usaremos el escritorio del jefe.
Del blog
- Chat sexual con IA: qué es y cómo tener una primera conversación genial
- How an Relato erótico con IA Generator Works & Gets Hotter Results
- Cómo escribir descripciones sensuales que se sientan reales, no cursis
- Historias nocturnas: las mejores lecturas eróticas antes de dormir
- ¿Cómo sacar el máximo provecho de las historias eróticas gratuitas con IA?
- Fantasía de infidelidad en la ficción: por qué los lectores ansían lo prohibido