Ingrediente secreto en la cocina
Su dedo se deslizó bajo el borde de mis bragas, y yo ya estaba empapada. —Marina...—susurró, y sus labios sabían a pepino y peligro. Mi corazón latía con fuerza: todos estaban ahí fuera, al otro lado de la valla. En cualquier momento, alguien entraría. El pensamiento me quemó por dentro como un hierro candente.
—Podrían...—empecé, pero no me aparté.
—Lo sé. Eso es lo que lo hace bueno.
Me apretó contra la puerta del frigorífico, su lengua abriéndose paso con brusquedad en mi boca. El sabor a sal, a sudor masculino. Agarré puñados de su camiseta, oyendo las risas de borrachos al otro lado de la ventana. Su mano encontró la seda de mis bragas bajo el vestido, empapada de excitación.
—Silencio—rio entre dientes, arrastrando un dedo por mi piel—. O nos oirán.
Se dejó caer de rodillas sobre el linóleo, apartando mis bragas a un lado. Su lengua era ardiente e implacable. Enredé los dedos en su pelo, tragándome los gemidos, mirando el sendero vacío que llevaba a la verja. Cada segundo contaba.
—Voy a correrme...—solté, sintiendo cómo la ola me arrasaba. Los espasmos sacudieron mi cuerpo, pero mordí mi puño para ahogar el grito.
Se levantó, limpiándose la boca, con los ojos encendidos. Su polla sobresalía de los pantalones cortos en un bulto enorme y tenso.
—Tenemos que darnos prisa—dijo con sencillez, girándome hacia la mesa—. Inclínate.
Obedecí, agarrando el borde de la encimera. Me azotó el culo desnudo y mojado, y el sonido fue insoportablemente fuerte en la cocina silenciosa. Luego le oí bajarse los pantalones, sentí su polla caliente y dura presionando contra mi entrada.
—Prepárate—susurró en mi oído, y me embistió con una estocada brutal.
Grité por la impresión: dolor y placer a la vez. Era gruesa, me estiraba por completo. Empezó a moverse: embestidas cortas, duras, castigadoras, que hacían chirriar la mesa y deslizarse por el suelo. Cada impacto contra mi vientre me hacía gemir contra la manga.
—Dios... tan jodidamente profundo...—gemí, mientras una de sus manos me sujetaba la cadera y la otra me tapaba la boca.
—Silencio, zorra—gruñó, acelerando. Sus pelotas golpeaban contra mi piel con sonidos húmedos y chasqueantes—. Porque en cualquier momento tu marido podría entrar buscando el kétchup... y encontrarte aquí mismo, empalada en mi polla.
Solo pensarlo me llevó de nuevo al límite, mi coño apretándose a su alrededor en oleadas convulsivas. Él gimió, sacándola casi del todo antes de volver a embestir, enterrándose hasta el fondo.
—Voy a... correrme... dentro de ti—jadeó Ilya, con las embestidas cada vez más salvajes, frenéticas.
Salió en el último segundo, pintándome la espalda con chorros calientes de semen. El líquido resbaló por mi culo, con gotas cayendo al suelo. Nos quedamos ahí, respirando con fuerza, escuchando. Las risas fuera continuaban.
Ilya se subió rápidamente los pantalones y me tendió una toalla de papel. Me limpié con manos temblorosas, alisándome el vestido.
—Kétchup—dijo con una voz perfectamente normal y tranquila, abriendo el frigorífico.
Agarré la botella, y nuestros dedos se rozaron. Me guiñó un ojo.
—Hasta nuestra próxima aventura, héroe.
Marina salió al porche, entrecerrando los ojos contra el sol. El corazón seguía atascado en algún lugar de su garganta. Llevó el kétchup a la mesa, entre las risas y la charla de la fiesta, sintiendo el semen de Ilya resbalando lentamente por el interior de su muslo.
Del blog
- Por qué las fantasías con MILF y mujeres mayores son tan populares
- Generador de relatos eróticos vs. erótica clásica: ¿cuál gana?
- Cómo conseguir fotos de personajes de IA en el chat
- Cómo continuar una historia con IA y mantenerla coherente
- Ideas de erotismo fantástico: elfos, magia e historias de IA
- Erótica basada en diálogos: cómo escribir conversaciones calientes