Sumisión en sus manos

2 min de lectura

El aire en el dormitorio en penumbra estaba cargado con el aroma de su perfume y mi excitación cruda. Ava estaba recostada en el sillón de cuero, sus largas piernas cruzadas en medias negras transparentes, mirándome con una sonrisa depredadora. Yo estaba arrodillado desnudo en el suelo, las manos atadas a la espalda como ella había ordenado. Mi polla estaba dura como una roca, palpitando de necesidad, pero no me dejaba tocarme.

—Eres mío esta noche —dijo con voz baja y autoritaria, rozando el tacón afilado de su zapato por mi pecho—. Dilo en voz alta, zorra.

—Soy tuyo, Ama... —jadeé, con las rodillas temblándome debajo.

Ava separó lentamente las piernas: no llevaba bragas bajo la falda. Su coño suave y brillante relucía a la luz de la lámpara. Agarró un puñado de mi pelo y me empujó la cara entre sus muslos.

—Lame. Más profundo. Hasta que te diga que pares.

Me lancé con hambre, mi lengua separando sus pliegues calientes, saboreando la dulzura salada de sus jugos. Ella gimió fuerte, sin vergüenza, apretando más mi pelo para guiar mi ritmo. Sus caderas se sacudieron mientras le chupaba el clítoris hinchado. Luego, sin aviso, me empujó hacia atrás, se levantó y me tiró a la cama.

—Túmbate. Piernas arriba.

Ava se colocó un consolador negro y grueso con arnés y lo fue metiendo en mi culo, estirando mi agujero apretado centímetro a centímetro. Grité por la mezcla intensa de dolor y placer sucio. Me folló duro, constante, con una mano envuelta alrededor de mi polla, negándose a dejarme correrme.

—Te correrás cuando yo lo diga —siseó, acelerando el ritmo. Sus ojos ardían con un dominio total.

Cuando por fin dio la orden, solté chorros espesos de semen sobre mi estómago, todo el cuerpo estremeciéndose. Ava sonrió, se quitó el arnés y se bajó sobre mi cara.

—Ahora lámeme hasta dejarme limpia, esclavo.

¿Qué pasó después?Inicia sesión y la IA continuará este relato especialmente para ti. Gratis.
Descubre qué pasó después
Categorías: