El Sabor de la Pintura

5 min de lectura
Escucha este relato con voz vivaElige una voz femenina o masculina; el audio terminado se puede descargar.

El olor a trementina y su perfume—algo penetrante, como bergamota y sudor—flotaba en la habitación del hotel. El aire acondicionado zumbaba, pero no hacía nada para cortar el calor entre nosotros. Se suponía que debía estar pintándola. En cambio, observaba cómo su clavícula atrapaba la luz de la lámpara, cómo su lengua asomaba para humedecer su labio inferior.

"¿Vas a quedarte mirando toda la noche, o vas a trabajar?", preguntó Mira, con una sonrisa burlona asomando en la comisura de sus labios. Estaba sentada en el borde de la cama, una pierna doblada bajo la otra, vistiendo solo una fina bata de seda que se había desatado a la cintura.

"Me estás distrayendo," dije, con la voz más ronca de lo que pretendía. "Se supone que debes quedarte quieta."

"Quizás no quiero quedarme quieta." Se estiró y dejó que la bata se deslizara de un hombro, revelando la curva de su pecho. "Quizás quiero que dejes el pincel."

Dejé el pincel. El lienzo quedó olvidado. Ella me observó cruzar la habitación, sus ojos oscuros y cómplices. Cuando llegué a ella, no se inmutó. Solo levantó la barbilla, invitando.

"Bésame," susurró. "Pero no en la boca."

No pregunté dónde. Me arrodillé frente a ella, mis manos encontraron sus muslos, apartando la bata. Ya estaba desnuda debajo. Su piel estaba cálida, suave, y podía olerla—almizclada, húmeda, lista.

"Más abajo," dijo ella, con la voz hecha un hilo. "Más abajo."

Mi lengua la encontró. Ella jadeó, sus dedos enredándose en mi cabello, apretando fuerte. Su sabor era sal y miel, y la bebí como si hubiera estado muerto de hambre. Estaba húmeda, hinchada, y rodeé su clítoris despacio, provocando, haciendo que sus caderas se movieran contra mi cara.

"Dios, sí", exhaló ella. "No te detengas"

No me detuve. La lamí de abajo arriba, saboreando cada centímetro, luego metí la lengua dentro de ella, sintiendo cómo se contraía a su alrededor. Ella se dejaba oír, gemía, maldecía en voz baja, sus muslos temblaban contra mis orejas.

—Más —suplicó—. Por favor.

Le di más. Chupé su clítoris entre mis labios, rozándolo con la punta de la lengua, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba. Estaba cerca—lo notaba en la forma en que sus dedos se aferraban a mi cabello, en cómo su respiración se volvía jadeos superficiales.

"Mírame", dije, retirándome lo suficiente para hablar. Sus ojos estaban vidriosos, las pupilas dilatadas. "Quiero verte venirte".

Ella asintió, mordiéndose el labio. Me lancé de nuevo, implacable, y ella se deshizo. Su espalda se arqueó, un grito se escapó de su garganta, y la lamí durante todo el proceso, bebiendo cada gota de su liberación. Se desplomó en la cama, sin aliento, su pecho subía y bajaba.

Pero no había terminado. Me levanté, despojándome de mi camisa, mis jeans, mis bóxers. Mi polla estaba dura, dolorida, y ella la vio. Sus ojos se abrieron, luego se oscurecieron con deseo.

"Ven aquí," dijo, alcanzándome. "Quiero probarte."

Me subí a la cama, montándole el pecho. Ella envolvió su mano alrededor de mi verga, acariciando lentamente, luego me tomó en su boca. Su lengua era un milagro: plana contra la parte inferior, enroscándose alrededor del glande, lamiendo cada vena. Me la metió profundo, atragantándose un poco, pero no se retiró. Empujó más, su nariz rozando mi piel, y gemí, dejando caer la cabeza hacia atrás.

"Joder, Mira," exhalé. "Eso es."

Se retiró con un chasquido húmedo, masturbándome con la mano. "Te quiero dentro de mí," dijo. "Ahora."

Ella se recostó, abriendo las piernas, y yo me coloqué entre ellas. El calor de su coño era casi insoportable, y cuando me introduje, ambos gemimos. Estaba apretada, mojada, perfecta. Me hundí hasta el fondo y me quedé quieto, dejando que ambos nos adaptáramos.

—Muévete —ordenó—. Ni se te ocurra ser suave.

No fui suave. La follé fuerte, mis caderas chocando contra las suyas, el sonido de nuestros cuerpos encontrándose llenaba la habitación. Ella enredó sus piernas alrededor de mi cintura, atrayéndome más profundo, y sentí sus uñas arañar mi espalda.

"Sí", siseó. "Ahí mismo. No pares."

No me detuve. La embestí una y otra vez, sintiendo cómo se apretaba a mi alrededor. Estaba cerca otra vez—lo veía en la forma en que sus ojos se ponían en blanco, en cómo se le abría la boca. Metí la mano entre nosotros, mi pulgar encontró su clítoris, y ella gritó mientras se venía, su coño exprimiéndome.

Eso fue todo lo que hizo falta. Me vine con un gemido, derramándome dentro de ella, mi cuerpo temblando mientras me desplomaba sobre ella. Nos quedamos allí, enredados, sudados, jadeando.

"No está mal para un viaje de negocios", susurró ella, con la voz ronca.

Me reí, presionando un beso en su hombro. "Aún no terminamos. Todavía tengo un cuadro que terminar."

Ella sonrió con picardía, mirando el lienzo. "Vas a necesitar una nueva referencia."

La miré, sonrojada y satisfecha, y sonreí. "Creo que me las arreglaré."

CATEGORÍAS: [Lengua, En un Viaje de Negocios, Artista, Hotel, Solo Nosotros Dos]

¿Qué pasó después?Inicia sesión y la IA continuará este relato especialmente para ti. Gratis.
Descubre qué pasó después
Categorías:

Narración de audio

Elige una voz y escucha tu relato

Cargando...