Destello en el estudio

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Entré al estudio justo detrás de él, y el aire entre nosotros se volvió espeso como jarabe. Max estaba de pie junto a la pared blanca del ciclorama con una camisa desabotonada, su pecho musculoso brillando bajo las luces calientes. Su mirada se deslizó sobre mí, se detuvo en mi entrepierna, y la comisura de su boca se curvó en una sonrisa arrogante.

—La puerta no está cerrada —dije en voz baja, señalando con la cabeza hacia el pasillo donde un asistente de fotografía o un cliente podía entrar en cualquier segundo.

—Mejor aún —respondió Max, acercándose. Su palma aterrizó en mi cinturón, sus dedos trabajando la hebilla con confianza—. Te quiero ahora mismo, mientras todos piensan que solo estamos posando.

Mi corazón martilleaba. Llevábamos tres días compartiendo una habitación de hotel, y cada noche captaba sus ojos sobre mí en el espejo del baño. Esta mañana, durante el café, sugirió casualmente que "pasáramos por el estudio para trabajar en el portafolio". Ahora entendía a qué tipo de portafolio se refería.

Su boca chocó contra la mía, hambrienta, casi brusca. Le devolví el beso, clavando los dedos en su pelo corto. Las lenguas se enredaron, húmedas y calientes. Max me empujó contra la mesa de utilería, y una caja de lentes cayó al suelo con estrépito.

—Silencio, joder —respiré contra su boca.

—Sí, silencio —sonrió, abriendo mi bragueta con una mano—. Solo no grites cuando te la tenga hasta el fondo.

Su palma caliente envolvió mi polla ya dura como una roca, acariciando arriba y abajo, untando la primera gota de líquido preseminal. Gemí, mordiendo su labio inferior. Max se dejó caer de rodillas sobre el frío suelo de concreto del estudio sin pensarlo dos veces. Sus labios se cerraron alrededor del glande, la lengua trazando el frenillo, y casi gruñí.

—Max... joder, eres bueno en esto —susurré, viendo cómo sus mejillas se hundían mientras sus ojos me miraban desde abajo con ese brillo descarado. Me tomó más profundo, hasta el fondo de su garganta, la saliva goteando por mi miembro. Lo agarré del pelo y empecé a embestir, follando su boca bajo las luces aún encendidas del estudio.

Se apartó, jadeando, los labios resbaladizos y brillantes.

—Basta. Desnúdate. Quiero que estés dentro de mí.

Intercambiamos lugares. Le bajé los jeans y los bóxers de un solo movimiento. Su gruesa polla saltó libre, pesada, con una vena abultada. Escupí en mi palma, lo lubriqué y me estiré para separar sus nalgas firmes. Mi dedo se deslizó en su agujero caliente, ya suelto —claramente se había preparado en la habitación.

—Has estado esperando esto, ¿eh? —pregunté, añadiendo un segundo dedo y girándolos dentro.

—Desde la primera vez que te vi en la ducha —exhaló Max, apoyando las manos en la mesa—. Vamos, fóllame ya, antes de que alguien entre.

Lo doblé sobre la mesa, presionando su cara contra la superficie fría. La cabeza de mi polla presionó contra su anillo apretado. Una embestida —me hundí hasta la mitad. Max siseó, luego arqueó la espalda, tomándome más profundo.

—Más... más profundo, joder —gruñó—. Quiero toda tu polla en mi culo.

Empecé a embestirlo, duro y brutal. La piel golpeando contra piel resonaba por el estudio, mezclada con el sonido húmedo de mi polla hundiéndose en él. Su esfínter se apretaba a mi alrededor tan fuerte que apenas podía contenerme. Me estiré, envolví mi mano alrededor de su polla resbaladiza de líquido preseminal y lo masturbé al ritmo de mis embestidas.

—Córrete primero —susurré en su oído, mordiendo su lóbulo—. Quiero sentirte apretar a mi alrededor.

Max rugió, su cuerpo estremeciéndose. El semen caliente salpicó el suelo y mi mano en chorros gruesos y viscosos. Su culo empezó a latir, ordeñando mi polla tan fuerte que yo también me perdí. Me enterré hasta la base y me descargué, inundando sus entrañas calientes con semen espeso. Ola tras ola hasta que mis bolas quedaron completamente vacías.

Nos quedamos inmóviles, jadeando por aire. Mi polla seguía enterrada dentro de él, palpitando lentamente. El semen empezó a gotear por sus muslos cuando finalmente me retiré.

—La puerta... —le recordé, besando su cuello empapado de sudor.

—Déjalos entrar —jadeó Max, girándose y besándome con fuerza—. Ahora verán lo que realmente somos... chicos.

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